
Te dije que te vayas sin que me importara la tormenta. Sin que me importara que te mojes, bajo esa lluvia intensísima ese sábado a mediodía.
Realmente,
no me importaba.
Ni que te fueras,
ni que te mojaras, ni que me llamaras llorando de un locutorio frente al congreso diciéndomé que es verdad, que no podés estar sin mí.
Uno cree que no puede estar sin alguien hasta que lo intenta, y ve, que la soledad no siempre es difícil ni nostálgica. La soledad puede ser maravillosa cuando uno no puede acostumbrarse a que lo traten mal.
No sé por qué uno se banca cualquier cosa del amor. Como si amar implicara también perdonar lo que sea, sin importar el grado de intensidad o de locura que tenga.
Sucede que ya me cansé de las historias de amor locas, y de fracasar en los intentos del amor terrestre.
No tiene tanto sentido tu vida cuando venís tropezando y tropezando,
y Buenos Aires es tan gris para andar triste...
Puf...Buenos Aires es para andar corriendo con auriculares y que se te vuele el pelo con el viento. O para estar abrazado a alguien caminando por el Parque Lezama o por la costanera...
A Buenos Aires no le queda bien la melancolía.
Para esos sentimientos están las ciudades pequeñas, las ciudades con plaza en el centro en donde Don Hugo recuerda lo bueno que fue el pasado.
La melancolía es una sensación hermosa en las calles angostas,
en las playas vacías...no entre los autos que se amullonan a montones, los colectivos que trinan, los perros que ladran del encierro, los porteros que lavan...
En Buenos Aires no hay espacio para la melancolía...hay demasiados sentimientos más fuertes como la bronca, o la pasión pululando por el aire...
La ternura apenas cabe en una ciudad hecha para superpoderes.
La nostalgia, sin embargo, a veces, pide permiso para entrar y entra, y se apodera de uno en la parada del 84 y la calle venezuela entera se viste de otoño.
La nostalgia porteña es de otoño, a veces, de invierno.
Jamás una nostalgia primaveral aparece en la parada del 84.
Hace unos meses nos habíamos abrazado en la puerta de la comisaría y nos habían echado.
Nos dijeron que esas cosas no se podían hacer ahí, en la vía pública, y mucho menos en la estación central de policía.
Parece que en Buenos Aires los policías no se abrazan.
Está prohibido que se abracen los policían
en Buenos Aires.
Pensamos los dos.
Pero bueno, esa anécdota es de cuando nosotros dos todavía nos abrazábamos y los dos sentíamos aún en la piel que el uno estaba hecho para el otro...
Mirá cómo son las cosas, con todas las personas con las que mantuve una relación hemos pensado que somos el uno para el otro.
Uno se adelanta a creer en el amor como si fuera sincero siempre.
¿Por qué el amor no puede ser hipócrita?
¿No tiene el mejor sentimiento del mundo derecho a confundirse?
¿Derecho a acostarse con alguien sólo para pasar el rato?
¿Derecho a cambiar de sexo sin que se lo discrimine?
¿Derecho a pagar una puta?¿A despotricar contra las religiones?
¿A hablar de política y malas costumbres?
¿No tiene el amor derecho de tirarse un pedo en la clase de yoga?
¿De caerse de la escalera de tanto whiscola?
¿De reprobar el exámen de educación cívica?
¿De mirar el programa de Tinelli?
¿No tiene el amor que bajar de ese pedestal en que se lo coloca para afrontar que es complicadísimo amar a alguien hasta que la muerte nos separe?
¿No debería asumir que a las personas ya hace bastante que les viene faltando su inyección de nervios?
Te dije andate.
Y nunca más volví a extrañarte.
Habíamos estirado tanto nuestra historia, que el momento en que dijéramos basta iba a ser para tomar otros caminos.
Habíamos ido y vuelto. Vuelto e ido nuevamente.
Habíamos rebuscado las posibilidades del encuentro, y las del desencuentro.
Habíamos encontrado problemas y soluciones en donde no había soluciones ni problemas.
Te dije andate.
Te dije andate, y hasta me dio placer verte tiritando como un animal mojado, temblando, en la vidriera de esa mercería, rodeado de medias de lycra, de camisetas, de bombachas...
Me hizo bien dejarte, así, ahí, temblando y entrar a casa.
Y abrir la ducha, y meterme debajo de ese agua tibia mientras pensaba, me animé, te dejé, me animé y te dejé temblando y solo bajo la lluvia de Buenos Aires,
la lluvia triste de las grandes ciudades,
que pliquitea sobre las chapas de los supermercados chinos,
de los restaurantes, de las estaciones de servicio, de los colectivos...
Te dejé solo en la inmensidad de Buenos Aires, solo en el barrio de congreso mientras la ducha me acaricia, vos, solo en un sábado gris,
solo entre el goteo incesante,
solo llorando y yo
ahí.
Mi cabeza viaja.
Y recuerda.
Antes solíamos volar sobre Buenos Aires,
saltar de techo en techo como los gatos.
Solíamos transformarnos en perros y salir a oler culos por las calles anchas,
por la avenida belgrano llenándonos de barro,
y de hojas y de amigos.
Solíamos volar hasta la punta del congreso, y disputarnos cuerpo a cuerpo con los gorriones.
Solíamos conversar con la estatua de Balbín en la plaza, leernos poesía y tomar vasos y vasos de vino hasta agotar a Gelman o a Boccanera.
Antes nos gustaba querernos de una manera feliz.
Ambos sabíamos cómo era el gusto de la desilusión,
por eso nos unimos en ese viaje romántico y etéreo
que no tuvo ningún desenlace tibio.
A vos te costaba arrancar, y te dije dejá todo. Dejá todo, yo muero por vos, pero ahora
andate.
El amor dura lo que un orgasmo.
Y la vida es apenas una mirada forzosamente exagerada del amor
o, en el peor de los casos, una noche de sexo desenfrenado
sin que ni siquiera te pidan el teléfono...
La primer noche que salimos juntos
me dijiste que no tomabas alcohol.
Salimos tarde un lunes
y lo único abierto que había era un pool
oscuro y cumbianchero,
con un hombre gigante y tatuado
y gesticuloso y violento como vos.
Nos gustó el lugar.
Nos gustó la cerveza.
Terminamos en una plaza cerrada por el gobierno de turno
mientras nuestras sombras hacían el amor con otras
que sobrevolaban por ahí.
Esa noche éramos otro tipo de personas.
Las personas que recién se conocen suelen tener otros comportamientos más dinámicos.
Nosotros nunca fuimos portadores
de bocas quietas,
pero ese lunes las palabras fluían en formas deliciosas
como si cada quien se hubiera preparado un discurso poético acerca
de la vida y otros componentes.
Toda la gente se enamora de la gente que habla enamorada de la vida.
Ésos éramos nosotros. Dos ahí entre los árboles.
Dos fanáticos de la existencia que se creían iguales por haber
congeniado en un chamuyo excelente para cualquier ávido lector de poemas
o de novelas o de cuentos.
Ahí estábamos nosotros.
Encantadores del mundo que complotaba para que la noche
durara toda la vida,
o para que la vida durara apenas una noche...